Jardín del Capricho, romántico

Publicado el 28 diciembre 2014
Archivado en Josep | Salir del comentario

Por motivos de trabajo, mis viajes a Madrid son más que habituales, y cada vez más fugaces, pero he de reconocer, que gracias a ellos, he tenido la oportunidad de visitar museos muy interesantes, barrios muy acogedores y sitios realmente preciosos. En uno de estos continuos viajes me encontré viajando a Barajas casi cuatro horas antes de lo previsto, por lo que decidí desconectar haciendo un poquito de turismo, ya que cuando voy, paso casi más tiempo bajo tierra que a pie de calle. Me bajé en la parada de metro de Alameda de Osuna y me dirigí hacia un parque por al lado del cuál había pasado decenas de veces y, por una cosa o por otra, nunca había tenido tiempo de entrar.

Conocido como “El parque del Capricho”, es uno de los lugares más emblemáticos de la ciudad, y me atrevería a decir que de los más bellos del país, considerando que no brotó de forma natural, sino que fue mandado construir por la duquesa de Osuna en la época del romanticismo. Si ya desde fuera parece grande, a los pocos minutos de entrar te das cuenta que decir enorme se queda escaso, ya que es tan prolongado, tan extenso, tan bonito y con tantos caminos diferentes, que desearías no haber entrado solo para caminar y olvidarte que existe mundo ahí fuera. Una de las paradas obligadas es la denominada “Plaza de los Emperadores”, donde se encuentra un monumento emblemático de la ciudad en forma de exedra de unos tres metros de alto a ojo y de base semicircular, con sus asientos respaldados como viene siendo habitual en este tipo de arquitectura. Se encontraba muy bien conservada para la cantidad de años que tiene, si bien es cierto, que se encuentra vallada, por lo que no es posible acceder físicamente a ella, e influye considerablemente en su buen estado. Acto seguido me dirigí al antiguo palacio de los duques, construido en una uniforme superficie de piedra, también muy cuidado, accesible por dos escaleras construidas una frente a otra casi en forma de espejo, y con columnas pilares a cada tres metros aproximadamente.

Sorprende sobretodo el buen estado del color, ya que está dividido entre matices blancos y grises y sin embargo no dan aspecto de descuidados en absoluto. Miré el reloj y no pude creérmelo, el tiempo vuela ahí dentro. Llevaba dos horas y parecía que no había visto ni la mitad, así que decidí volver por otro camino prestando atención al paisaje, pero ya de vuelta a la estación. A lo largo de este camino pude encontrar juegos de colores entre flores, hierba y árboles, puentes muy variados y de distintos materiales e incluso una pequeña ermita de no más de 4 metros cuadrados construida enteramente de piedra, con sus columnas, ventanas abovedadas… Realmente digno de visitar, y como ya he dicho al principio, sobretodo en pareja, ya que es un lugar precioso que invita a ser compartido.

Comentarios

No hay mas respuestas