Ni Rastro, su historia y vida

Publicado el 27 diciembre 2014
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Si os acercáis un domingo al rastro de Madrid podréis comprobar, por la cantidad de idiomas que se escuchan hablar, que ha dejado de ser algo puramente tradicional para convertirse en una atracción turística más de la capital. Es el mercado equivalente al Marché aux Puces de París o al Portobello de Londres, donde pequeñas tiendas y puestos al aire libre se aglutinan para ofrecer prácticamente todo lo que se nos ocurra, desde las camisetas más “fashion” del momento, hasta la lámpara del siglo XIX, o el tocadiscos en perfecto estado.

El rastro tiene una larga historia. Mucha gente no sabe que empezó a surgir hacia el año 1740 ni tampoco cual fue la causa de ello. En el barrio de Lavapiés, donde se ubica el rastro hoy en día, existía en aquella época un matadero, una fábrica de tabaco y otra de salitre. Eso hizo que se instalaran en la zona, por un lado, curtidores, sastres y zapateros y por otro, puestos que ofrecían la casquería del matadero, cocinada o no. Todo ello hizo que se fuera convirtiendo en la zona de compra-venta de todo tipo de productos. Ya en 1811 el ayuntamiento empieza a ordenar la zona y exigir licencias para poner los puestos. Poco a poco el mercado se fue enriqueciendo con la llegada de multitud de músicos, titiriteros, etc, y con los bazares, que aparecieron a finales del XIX, hasta que en 1905 se le reconoce por primera vez como mercado. Parece ser que su nombre proviene de aquel primitivo matadero y del rastro de sangre que dejaban los animales al ser trasladados desde éste hasta donde se encontraban los curtidores.

Como en todo mercado, si se quieren evitar aglomeraciones y el calor en verano, es aconsejable ir a primera hora. Se dice también que las mejores horas para regatear son de 10 a 11, así que hay que hacer ese pequeño esfuerzo si se quiere encontrar esa pieza especial a buen precio. El metro es la mejor forma de acercarse al rastro. Las paradas más cercanas La Latina o Embajadores, aunque también se puede dar un paseíto desde Sol. Al ser un lugar de aglomeración siempre, los carteristas no dejan pasar la oportunidad de conseguir su trofeo dominical, así que es recomendable estar atentos al bolso.

El encanto del Rastro no son sólo sus puestos, los músicos y el movimiento de gente, en general. En toda la zona existen multitud de bares típicos y terracitas que convierten las zonas aledañas en un sitio perfecto para disfrutar de una caña y una tapa al mediodía. A la hora de picar, causan furor las tostas. Vereis que la gente hace incluso colas para poder desgustar alguna de su gran variedad. Para todos los gustos.

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